TRAICIONES FAMOSAS

POR JORGE MADRAZO


La traición -decía Maquiavelo- es el único acto de los hombres que no se justifica. Y agregaba: "los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo son explicables y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del infierno, sin nada que pueda excusarlos".

La verdad es que la traición es un impulso complejo, donde se mezclan los más abyectos sentimientos con las pasiones más encendidas. Ese es el caso de la Malinche, la bella amante azteca de Hernán Cortés. Por amor -pero también por ambición desmesurada traicionó a su pueblo, conspiró contra él y contribuyó a su derrota. Martín, el hijo que tuvo con el conquistador, fue uno de los primeros mestizos nacidos en estas tierras. Su nombre es -para millones de americanos- la sombra de la desgracia.

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En 1918 nadie era más famoso en Francia -y tal vez en el mundo entero- que Henri Pétain, un severo militar que se había cubierto de gloria en el campo de batalla, infligiéndoles a los alemanes las derrotas más trágicas de su historia. La paz no hizo otra cosa que aumentar su prestigio. En 1940, cuando Hitler ocupó París, el viejo soldado fue llamado para salvar a la patria. En lugar de ponerse al frente de la resistencia -como hizo después Charles de Gaulle-, Pétain exhortó a los franceses a colaborar con los invasores y a firmar la paz con Berlín, sancionando de hecho la división del país en dos partes. Al frente del gobierno establecido en Vicky bajo a presión de los fusiles alemanes. Pétain -el antiguo héroe- escribió la página más negra de su patria. Por eso murió sin gloria ni honra, como todos los traidores.

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La traición más antigua que se haya documentado es aquella que tuvo por míticos protagonistas a un pastor de ovejas llamado Abel y a su hermano, el labrador Caín. Ambos, hijos de Adán y Eva, quienes mucho tiempo antes habían sido expulsados del Paraíso. Habitantes ya de tierra profana, y envidioso Caín porque "el Señor miró a Abel y a sus ofrendas" cuando el joven pastor le brindó los primogénitos de su ganado, lo invitó a salir a campo abierto. Allí lo mató. Enseguida, reprendido por Dios y hostigado por su conciencia, Caín "habitó fugitivo en la tierra sobre el lado oriental del Edén..." Este hecho, recogido por el Antiguo Testamento, es sin duda el más vituperable que quepa imaginar. Pero el incidente que se convirtió en paradigma de traición -tan grave que aún hoy estremece a millones de hombres y mujeres en todo el mundo- lo registra la misma Biblia. Se trata, por supuesto, de la delación cometida por Judas y sus trágicas secuelas. "...Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que coma aquí conmigo, me va a entregar". Para añadir, ante la angustiosa pregunta de los discípulos sobre el nombre del culpable: "A quien yo diere el pan mojado, aquél es. Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón", según narra el Evangelio de San Juan. Lo que. desembocaría luego en la escena en el Huerto de Getsemaní, que relata Lucas: "Y el que se llamaba Judas iba al frente de ellos, y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?" Los soldados romanos desenvainaron sus espadas, apartaron a Judas y arrestaron a Jesús, que sería crucificado.

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Las traiciones recorren la historia en feroz galope. Sin olvidar las páginas -muchas, teñidas de rojo- de la historia menuda, esa que no pasa a los libros. Como la que protagonizó, en la Argentina y en las primeras décadas de este siglo, aquel bandolero Juan Bautista Bairoletto, idealizado a veces como una versión criolla de Robin Hood. Hijo de inmigrantes italianos, había nacido en Santa Fe el 11 de noviembre de 1894. Rubio, delgado, de ojos verdes y buen bailarín, se mudó con sus padres a la zona pampeana de Castex, donde cursó hasta quinto grado. Adolescente, trabajó en diversos oficios hasta que el cabo policial Elias Farach le cambió la vida: Farach asediaba a una mujer de nombre Dora, quien visiblemente prefería a Bairoletto; ello culminó en la detención, tortura y humillaciones infligidas al joven por el rencoroso policía, abriendo las puertas a la venganza: la muerte de Farach por un balazo disparado a quemarropa dio inicio a la saga delictiva de Bairoletto: un folletín sangriento aunque no exento de tintes románticos. La traición -y el final- sobrevinieron cuando estaba ya retirado. En 1938 se había unido a la viuda Telma Ceballos, luego de raptarla a punta de Winchester cuando los padres de ella se aprestaban a casarla con un colono. Vivieron felices en Atuel, Mendoza, con sus dos niñas; Bairoletto era ahora un hombre de paz, quería rehabilitarse. 

No pudo ser: su ex compinche Vicente Gazcón lo delató a la policía pampeana. Un día éste se allegó al rancho de Bairoletto en Atuel, pidiéndole ayuda. Fue el signo de la traición. El 14 de setiembre de 1941, una nutrida comisión policial ocupó la vivienda, ultimando a Bairoletto; hay quien jura que se suicidó. Pero su tumba en Alvear pasó a ser meta de promesantes, enfermos y desamparados...

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La historia patria, la grande, anota también (como ocurre en cualquier latitud, traiciones mezquinas al lado de heroísmos ejemplares. Una de ellas se remonta al año 1853, cuando Buenos Aires se enfrentaba a las provincias nucleadas en la Confederación. En el fragor de la lucha, el general Justo José de Urquiza acudió con sus tropas en auxilio de las provincias, y alistó también su escuadra para bloquear Buenos Aires desde el Rio de la Plata. Anular aquella flota era cosa de vida o muerte para los porteños; por ello, la legislatura autorizó al Poder Ejecutivo, con sede en Buenos Aires, a emitir 20 millones en pesos papel para la defensa. Agentes del gobierno se infiltraron a bordo del vapor-correo de la Confederación, logrando sobornar al comandante de dicha escuadra, coronel John Halsted Coe, un marino norteamericano casado con una dama de la familia Balcarce. 

El 20 de junio de 1853, Coe puso a las órdenes de sus enemigos la flota confederada: su traición frustró el bloqueo; fue un duro golpe para Urquiza, que se aprontaba ya a irrumpir triunfalmente en Buenos Aires. Después caería derrotado en Pavón, a manos de Bartolomé Mitre.

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La lealtad suele romperse donde menos se lo espera. Que lo diga si no Sansón, jefe hebreo cuya fuerza descomunal quitaba el sueño a los filisteos. Estos habían dominado a los israelitas por 40 años, como castigo divino porque el pueblo elegido se había vuelto idólatra. Acatando los designios del Señor, dice el Libro de los Jueces, Sansón hizo "grandes destrozos" entre los filisteos; por ejemplo, cuando mató a mil de ellos con la quijada de un asno. La desdicha llegó con el amor a la bella Dalila, que habitaba en el valle de Sorec. Una ocasión bien aprovechada por los filisteos, cuyos príncipes ofrecieron "cada uno mil y cien monedas de plata" a la joven, si descubría dónde radicaba la fuerza del héroe. Después de engañarla tres veces con pistas falsas, "desmayó el ánimo de Sansón" y le descubrió la verdad: "Mi fuerza se apartará de mí si fuese rapada mi cabeza". El resto es conocido: la traidora Dalila cortó sus cabellos mientras él dormía; los filisteos pudieron así apresarlo, le sacaron los ojos y lo amarraron a una noria. Pero, crecida otra vez su cabellera, Sansón no tardó en vengarse. Llevado al enorme salón que cobijaba a miles de filisteos y a sus príncipes, logró acercarse a las columnas que lo sostenían, derribándolas al grito de: "Muera Sansón, con los filisteos! Y mató muchos más muriendo que cuando vivía... Estos hechos desatan siempre cruciales interrogantes: ¿Por qué Julio César, por ejemplo, concurrió al Senado romano el 15 de marzo del 44 a.C., desoyendo las advertencias? ¿Un exceso de confianza del conquistador de las Galias? El hecho es que el gran César sucumbió a la traición perpetrada por su hijo adoptivo Marco Bruto, a quien enrostró: "Tú también, Bruto, hijo mío!" En realidad los agresores fueron quince; entre ellos se hallaban, además de Bruto, Casio, Tilio y los hermanos Casca: una nube de hombres que hundían sus cuchillos sobre un cuerpo ya exánime. El historiador Suetonio revelaría, un siglo más tarde, que César logró matar con su estilete al primero de ellos, pero la segunda puñalada en mitad del pecho fue mortal. 

César estaba a punto de hacerse designar emperador. Tal, la causa última del crimen llevado a cabo en los famosos Idus de Marzo, como se llamaba a los días 15 de cada mes. Como sea, la traición no reportó provecho alguno a Bruto, quien luego del crimen debió huir para finalmente suicidarse tras su derrota frente a Marco Antonio.

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Antes y después de César, la historia fue manchada con sangre de traicionados. Se contaron entre ellos dos carismáticos caudillos latinoamericanos, el mexicano Emiliano Zapata y el nicaragüense Augusto César Sandino. El mítico líder agrario de la revolución mexicana se hallaba mortalmente enfrentado al presidente Venustiano Carranza, a quien respaldaba el general Pablo González; éste encargó al coronel Jesús Guajardo ejecutar el crimen, sólo posible por la buena fe de Zapata: se le hizo creer que Guajardo había desertado pasándose al bando campesino, y que lo invitaba a entrevistarse en su hacienda de Chinameca. Así se hizo: concluido el almuerzo entre ambos, y cuando Zapata se retiraba, la guardia del coronel se cuadró como rindiéndole honores: en vez de ello, vació sus fusiles sobre el temido Zapata. Era el 10 de abril de 1920.

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No fue muy diferente la traición que -a comienzos de los años '30 aprovechó la buena fe de Sandino, líder en la lucha contra la ocupación norteamericana del período 1916/33. En esa época, y tras el retiro de los ocupantes, el jefe guerrillero había entregado las armas, pero su prestigio se mantenía intacto. También en su caso el golpe traicionero estuvo precedido por una invitación a comer. El presidente de entonces, el liberal Juan Bautista Sacasa, lo había convocado en 1934 al palacio presidencial para discutir con él ciertos problemas en el reparto de tierras. Pero el despótico jefe de la Guardia Nacional, Anastasio Somoza, detuvo a Sandino cuando salía de cenar con Sacasa sin siquiera la autorización del mandatario, a quien luego derrocaría. Poco después, Sandino era fusilado. No mucho antes Somoza había posado estrechándolo en un abrazo: Judas no lo habría hecho mejor.

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¿Quién escribirá la próxima historia?... Póngale usted el nombre.

 

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This page contains a single entry by DIASPORA DOMINICANA ALREDEDOR DEL MUNDO published on July 21, 2014 2:50 PM.

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